Acerca de los okupas y otras cuestiones

 

(texto escrito a finales de los ’90…)

¿Qué es el movimiento de okupaciones? ¿Es un movimiento o sólo una tribu marginal? ¿Es la okupación una actitud delictiva? Son preguntas que se hará mucha gente de la izquierda sociológica de este país, sobre todo a partir de que el “fenómeno okupa” ha tomado cuerpo a través de los medios de comunicación. No es que no existiera antes, pero parece que ahora la prensa está interesada en sacar a la luz nuestra lucha, su puede hablar ahora de “moda okupa”, y es que la prensa puede mentir tanto callando, arrinconándonos en el silencio como nos hacía antes, como puede mentir hablando hasta la saciedad de un fenómeno social. En el fondo nosotras/os sabemos que se trata de diferentes estrategias para eliminarnos, para hacernos desaparecer como disidencia.

Y diferentes son los caminos y estrategias que desde los diversos poderes se han lanzado contra los okupas. La primera y más vieja ha sido la estigmatización. La palabra okupa es en sí un estigma lanzado por la prensa, una palabra equívoca que trata de separarnos, de excluirnos de la ciudadanía “normal” y normalizada. A la palabra okupa se le atribuye todo un repertorio de imágenes y conductas perniciosas: punkis, drogadictos, vagos (nos acusan de vagos los que nos someten al terrorismo estructural del paro), sucios (”guarros” nos llaman los nazis), ácratas, videntes, y últimamente hasta satánicos nos califican los peperros, perdón, peperos.

Durante años los okupas eran una tribu más, cuyo control se concedió a la Brigada de Tribus Urbanas. Separados del entramado social, convertida nuestra propuesta en una mera pose juvenil, en manifestación degradada de marginalidad urbana, el peligro okupa quedaba conjurado y no había nada que temer. La “gauche divine” gobernaba, la economía crecía, caminábamos triunfantes por los senderos de la OTAN y la UE, este país marchaba hacia Europa y la globalización económica. Mientras tanto, nosotras/os reecorremos todo un camino de construcción del movimiento. Un camino con experiencias como las de Arregui, Minuesa, California, Otamendi, C.S. Intifada, Pacisa, C.S. Seco, okupaciones de viviendas en Estrecho, Vallekas, Lavapiés, Malasaña, Campamento, etc.

Arrinconados en el territorio del silencio por la prensa, creamos nuestras formas y medios de comunicación: panfletos, pintadas, debates abiertos, los propios espacios de los centros sociales, pero también nuestras revistas, radios libres, nuestra agencia de comunicación alternativa (la UPA, MOLOTOV), periódicos no formales como El Fuego y la Piedra, nuestras distribuidoras de material alternativo y disidente. Aislados, olvidados por la izquierda (la vieja izquierda), trabajamos, sufrimos, nos equivocamos mil veces, gozamos y avanzamos pese a todo.

En este tiempo otra de las espadas que se lanzan contra los okupas es la represión policial y jurídica. La represión, actuando codo a codo con la estigmatización y el silencio, golpea al movimiento, desalojando todas y cada una de sus casas, desmoronando el trabajo creativo levantado sin subvenciones, sin ayudas de ningún tipo. Pero aquí ha ocurrido un curioso proceso: los golpes más duros de la represión contra los okupas se han vuelto en contra del poder. Los desalojos de Minuesa, Otamendi, y el más reciente de la Guindalera han sido momentos de acumulación de fuerzas, de construcción de unidad; la brutal represión ha sido invertida por el movimiento y nos ha servido como saltos de concienciación. Los desalojos, con su espectacularidad violenta han llevado el debate de la okupación a sectores sociales y territorios a los que cn nuestros escasos medios no teníamos acceso.

Y así llegamos al presente. El anterior gobierno nos dejó su bomba de relojería, consensada por todas las fuerzas parlamentarias: la reforma del Código Penal. Hasta ahora los okupas estábamos en la contradictoria línea que separa la legalidad del delito. Nuestro medio de lucha, la usurpación temporal del uso de edificios abandonados, no era un delito. Digamos que éramos sólo alegales. Pero el PSOE y el resto de fuerzas parlamentarias (incluida IU) nos ha colocado en la ilegalidad. Somo pues delincuentes, otro estigma, otro intento de cancelar nuestra existencia, nuestra rebeldía. Y se ha dado respaldo jurídico a la represión pura y dura que el PP ha desatado contra el movimiento. Así en Madrid hemos perdido el Centro Social David Castilla, el C.S. Seco, el C.S. Lavapiés, el C.S. La Guindalera, y un buen puñado de viviendas en el plazo escaso de un año. Paradójicamente hoy somos mucho más “débiles” que hace un año, y en cambio mucho más “famosos”, tanto que nos invitan a tertulias a este templo de la burguesía que es el Ateneo. Apenas sostenemos un gran centro social en Lavapiés, otro C.S. de Mujeres también el Lavapiés, el Centro de Cultura Popular El Barrio en Campamento, y un montón de viviendas que de día en día son desalojadas (ayer 6 de mayo desalojaron sin previo aviso una casa en Malasaña, “desalojo cautelar” y sorpresivo para neutralizar toda protesta y resistencia).

La nueva política represiva del PP, avalada por jueces, especuladores y políticos de todo el arco parlamentario, tiene un objetivo definido: clausurar el movimiento, cancelar el proceso de reconstrucción social de la esperanza. Desde la prensa se trata ahora de hacer calar en el inconsciente colectivo una nueva imagen: hay okupas buenos y okupas malos. Y lo que distingue a los malos de los otros es que son violento, son de extrema izquierda, son comunistas y anarquistas disfrazados de “okupas”…¡el viejo fantasma del comunismo! El tema de la violencia merece un punto y aparte.

Los desalojos han mostrado la otra cara del movimiento. En “tiempos de paz” los okupas son buenos, se meten en una casa y con ingenuidad se ponen a hacer actividades para el barrio, locales de ensayo para grupos, pases de video, gimnasios, bibliotecas, sueñan plácidamente con otros mundos…, claro que meten ruido, son sucios, se emborrachan y fuman porros…, pero eso es perdonable, lo que es imperdonable es que cuando son desalojados la emprenden a pedradas con los bancos, la policía, las hamburgueserías y las peleterías, ¡destrozan el maravilloso mobiliario urbano!, ¡hieren a los pobres y pacíficos policías que protegen el orden público!, ¡resisten en los tejados de las casas! Son malos, muy malos. Pero el Delegado del Gobierno, Maricruz Soriano, El Mundo, El País, ya nos lo aclaran todo: hay okupas buenos, pacíficos, ingenuos e inofensivos, y los hay malos, que tiran piedras, que tienen contactos con Jarrai (el gran ogro, el demonio; el ABC lleva años insistiendo en la vinculación con la RAF). El término “terrorismo” clausura toda información, todo debate, en su nombre pueden cercenarse todas las libertados. Vincularnos a Jarrai, reducir todo brote de violencia a terrorismo es en sí un verdadero “terrorismo ideológico” que los media utilizan para censurar toda posibilidad de reflexión. Lo cierto es que el movimiento, a la vez que cuestiona el sacrosanto derecho a la propiedad privada, también cuestiona el monopolio de la violencia en manos del Estado y la burguesía. Y es cierto también que en el movimiento se responde con justa rabia a la violencia del Estado, pero habría que reconocer que la violencia de los okupas es meramente simbólica y defensiva, una reacción espontánea de los jóvenes explotados de la urbe capitalista. Lo que es mera hipocresía es la reacción de condena de los “bienpensantes” a nuestra microviolencia. Los mismos que nos condenan son los que aplaudieron la guerra del Golfo, los que no movieron un dedo por el pueblo bosnio, o el checheno, los que hoy jalean la orgía de sangre de Fujimori… ¿qué se puede pedir a los jóvenes de este siglo XXI que nace, jóvenes cuya infancia fue bombardeada de violencia televisiva televisiva, jóvenes que sufren el paro, la exclusión, jóvenes sin vivienda, sin futuro y sin esperanza?, ¿por qué van a ser los jóvenes buenos y responsables, si los que les gobiernan no dudan en crear los GAL, usar torturas y reprimir brutalmente toda reivindicación popular?

La Democracia está agotada, para cada vez más gente no hay nada que esperar del Parlamento o de la Constitución, cuyor derechos sociales son meros enunciados no respetados (el derecho al trabajo, a la vivienda, a un desarrollo cultural, a un medio ambiente sano, a la libertad de reunión y expresión…). La Democracia y la Constitución están vacías de contenido porque lo que rige es la ley del mercado. Todos los sistemas de valor han sido laminados por el sistema de valor capitalista: todo es cuestión de dinero, la libertad misma es cuestión de dinero (ahí está Mario Conde en la calle), y los desposeídos, los nuevos proletarios, los que pululamos por las angostas sendas del paro, la economía sumergida y el trabajo temporal y no garantizado, no encontramos otro sentido a nuestra existencia que no sea el del rechazo, la rebeldía y la desobediencia.

He dejado para el final la cuestión de ¿qué somos y qué queremos los okupas? Mucha gente nos pide definiciones ¿sois ácratas o marxistas?, ¿sois pacifistas?, ¿cómo os organizáis? Todas estas preguntas se plantean desde unos esquemas preconcebidos de lo que es “hacer política”, de lo que es la militancia, unos esquemas que es lo primero que rechazamos. Una de las pocas cosas en que estamos de acuerdo casi todos/as es en rechazo a cualquier mediación institucional de nuestra lucha, de ahí que nos separemos conscientemente de cualquier partido y/o sindicato. Una separación externa (respecto a las organizaciones de la vieja izquierda) e interna. Interna en el sentido de que procuramos no repetir la estructura oartidaria y jerárquica en el seno de nuestras organizaciones. Hay una patología social inherente al poder que sólo puede ser controlada por medio de la profundización de la democracia (con minúsculas) y la descentralización. Por eso nos organizamos en asambleas, en las que se procura no votar, y romper la diabólica dinámica que aplasta a las minorías (y que divide a los grupos) mediante la toma de decisión por consenso. El trabajo de llegar al consenso es duro, largo, imperfecto, por eso nuestras asambleas son largas y poco operativas, por eso nuestro movimiento no propone programas salvadores ni recetas mágicas, pero nuestras asambleas son auténticas escuelas de democracia de base, de responsabilidad y de comunismo, nuestras asambleas son fragmentarios experimentos sociales o microsociales, experimentos utópicos en su proyección hacia el futuro, pero cargados de presente…, una vivencia que no nos puede arrebatar ningún juez, ningún código penal, y es que ¡hasta en comisaría hacemos asambleas!

Tampoco sirven los esquemas de militancia tradicionales para entender la “militancia okupa”. La militancia no es, no puede ser sinónimo de sacrificio, de aplazamiento del deseo para un futuro inconcreto, no puede ser disciplina limitante, no se puede caer en la esquizofrenia de la separación de lo público y lo privado.